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David Samaniego Torres: Lacras en la actividad turística | Columistas | Opinión

David Samaniego Torres: Lacras en la actividad turística | Columistas | Opinión
Noticias Ecuador

Cierro este ciclo de tres reflexiones sobre la actividad turística; tienen la bondad de ser algo cierto, cercano y vivido. Me concreto hoy a tres temas dispersos, no por ser los únicos, más bien por ser urgente pensar en soluciones responsables.

1. El Parador Turístico de Villingota se inauguró en febrero del 2012. Aplausos, discursos, orgullo de ser parte de una nueva provincia. Jardines con las mejores flores, áreas verdes, cemento y adoquines vistosos para parqueaderos y rodaje, comida típica y todo bien de Dios necesarios en un parador. Su costo 235.000 dólares, obra de la Prefectura de la nueva provincia. Deténganse ahora unos minutos en ese lugar, por favor, visítenlo. Yo lo hice hace ocho días: los jardines desaparecieron, los adoquines rotos o esfumados, los servicios higiénicos antihigiénicos, las banderas hechas jirones, descoloridas y sucias, pero izadas. Tierra, abundante polvo, hojarasca variada traída por los vientos, y el comedor, bueno… mejor nada al respecto. ¿Quién responde por una inversión desperdiciada, por nuestro dinero? La infraestructura, deteriorada es verdad, pero existe. Es menester ponerla al día y trabajar para que ese parador vuelva a ser lo que seguramente se planificó que sea.

2. Sígsig al igual que Paute, Gualaceo o Chordeleg son imanes turísticos. Quienes nacimos por allá retornamos para asombrarnos de su desarrollo y para disfrutar de novedades creadas con la finalidad de satisfacer a propios y extraños. Zhingate a orillas del Santa Bárbara, la casa de Las Toquilleras, la Cueva Negra en Chobshi, Tudul, la entrada al oriente, son algunos de esos rincones patrios que yacen desconocidos para muchos. Sígsig tiene buenos hoteles y hosterías que en ocasiones no abastecen la demanda. Conocí un nuevo hotel que no cumple con las expectativas de un sencillo cliente. Su fachada llama la atención, pero la distribución de habitaciones es un desastre, un caos para una eventual evacuación. Cada habitación carece de una elemental comodidad, es una invitación a buscar otro lugar o hacer de tripas corazón. Me viene a la mente que los ingenieros, arquitectos o el dueño de ese local posiblemente nunca estuvieron en un hotel digno, solo eso, digno. La pregunta del millón: ¿qué papel juegan las autoridades de Sígsig? Los planos debieron ser aprobados, lo construido tuvo que ser verificado y el permiso de funcionamiento de un hotel tiene que otorgarse solamente cuando cumple con todos los requisitos exigidos por la ley; en otras palabras, si ese hotel funciona, si bien es cierto en condiciones administrativas precarias, debe tener la anuencia municipal. Desconozco quién sea su dueño, podría ser un pariente mío. Las inversiones en turismo deben tener el respaldo legal para que se conviertan en fuente de prosperidad empresarial y beneplácito social.

3. Finalmente, urge desmontar una publicidad grosera, en tamaños y formas, que promociona variedad de productos a lo largo y ancho de nuestras carreteras. Son letreros enormes que rompen la armonía del paisaje, son un atentado al buen gusto, una ofensa a la naturaleza y un dolor de cabeza para quienes mantenemos comunión con el buen gusto, como dijera un paisano son ‘una pedrada en ojo tuerto’. (O)

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