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Democracia y autoritarismo | El Comercio

Democracia y autoritarismo | El Comercio
Noticias Ecuador

La persistencia de grupos políticos que defienden la reelección indefinida del jefe del Estado (porque así conviene a sus intereses) es una señal de que la sociedad ha empezado a extraviar el verdadero significado de la democracia. El respeto a la alternabilidad en el poder es uno de los principios universales de la ética política.

En el actual panorama de América Latina se observa con inquietud que el autoritarismo de viejo cuño ha emergido en algunos países para ahogar los ideales democráticos de los pueblos. Sin contar el socialismo fosilizado de los Castro en Cuba, encontramos a Maduro en Venezuela, Morales en Bolivia, Ortega en Nicaragua; todos ellos gobernantes autoritarios que bajo el membrete de “presidentes constitucionales” ejercen por décadas una dictadura entre tropical y bufa gracias al truco de la reelección indefinida. En esta misma comparsa puso a danzar a los ecuatorianos Rafael Correa gracias a la obsecuencia de sus secuaces. No hay caudillo autoritario que no acapare todas las funciones del Estado. Envejecer en el poder, ejercer sin límite el mando de la República, enriquecer a una corrupta camarilla: he aquí la dichosa democracia de los amigos de Correa, sus compadres del socialismo del siglo XXI.

El concepto moderno de democracia surgió a finales del siglo XVIII como una expresión política de la idea de igualdad entre los hombres y su aplicación en los ámbitos de la vida social. Tocqueville, hacia 1830, partió de este concepto cuando analizó los efectos de la aplicación de este principio en la naciente república norteamericana, sobre todo la relación de los ciudadanos frente a las instituciones. Es lamentable constatar que, en el transcurso de estos dos últimos siglos, el ideal democrático se haya envilecido para justificar formas de gobierno que, en la práctica, contrarían sus saludables principios. La pasión por la violencia y la proclividad a la tiranía engendraron, por igual, los totalitarismos y los autoritarismos.

Bajo la pesada sombra de los totalitarismos de Estado (fascismo y comunismo) la libertad individual se agosta. Ya sea por convencimiento (el atosigante eslogan de la revolución redentora) o por el uso de métodos coercitivos lo cierto es que el ciudadano, para sobrevivir, acaba aplaudiendo al tirano que lo aplasta. A su vez, los autoritarismos se enraízan en sociedades como las latinoamericanas, institucionalmente débiles con poca cultura política. La libertad de expresión y el derecho a la crítica son limitados. Solo hay una opinión, la del autócrata y una sola verdad, la del gobierno. La continuidad indefinida de un régimen es posible por la tergiversación de los principios democráticos. Cuando la corrupción se destapa, el régimen pierde toda credibilidad. Quien la denuncia es leal a la democracia, quien la encubre es desleal con el pueblo.

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