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Iván Sandoval Carrión: COS y salud mental 6 | Columistas | Opinión

Iván Sandoval Carrión: COS y salud mental 6 | Columistas | Opinión
Noticias Ecuador

Desde su origen moderno, hace más de dos siglos, la psiquiatría tuvo mala imagen entre sus pacientes, el público, la prensa, los filósofos, e incluso en el ámbito médico. De manera solapada, el proyecto del Código Orgánico de la Salud ratifica ese prejuicio, desde que no consulta a los psiquiatras para regular las prácticas de salud mental, regulaciones más pródigas en prohibiciones y restricciones, que en promociones de la salud. Las causas de la mala imagen son variadas, y van desde las creencias populares sobre la supuesta peligrosidad de “los locos” y de los psiquiatras “tan locos como sus pacientes”, hasta los análisis de un Michel Foucault sobre la psiquiatría como el modelo del poder disciplinario del Estado. ¿Qué responsabilidad tenemos los psiquiatras ecuatorianos por esta mala fama?

Somos responsables por nuestra práctica clínica ética, empezando por los internamientos que a veces indicamos, los cuales por sí mismos ya tienen un valor terapéutico inicial en algunos pacientes psicóticos, contradiciendo al COS que prohíbe “el internamiento como método terapéutico” sin ningún análisis. La contención institucional del hospital brinda un primer alivio para algunos sujetos agitados y desestructurados que pueden hacerse daño, y que a veces demandan verbalmente el internamiento para calmar su angustia psicótica. Al internamiento suceden otros métodos terapéuticos que se aplican intrahospitalariamente, algunos de los cuales han sido satanizados desde el siglo XX, por parte de la población general. A la cabeza de esos medios “malditos” está lo que popularmente se llama “electroshock”: un procedimiento al que los psiquiatras llamamos TEC (terapia electroconvulsiva), para rescatar el beneficio que a veces tiene la estimulación eléctrica y controlada de las descargas epileptoides.

Quizás en los comienzos (hace setenta años) se abusó del TEC, en ausencia de los psicofármacos modernos que recién aparecieron en la década de los 50. Pero hoy, su uso restringido como una medida extrema en ciertos sujetos, tiene valor allí donde los medicamentos o la psicoterapia no pueden ayudar a ciertas personas que sufren. El público desconoce estas cosas, e incluso algunos intelectuales se refieren al TEC como una “tortura bárbara y medieval”, según lo escuché en alguna mesa redonda universitaria: aparentemente, algunos profesores ignoran que en el Medioevo aún no se dominaba el uso controlado de la electricidad para ningún procedimiento. Análogos mitos y prejuicios se escuchan respecto a los psicofármacos, que pueden salvar vidas en algunos casos.

Pero si somos responsables de nuestra clínica, los psiquiatras también somos corresponsables del prejuicio generalizado y persistente acerca de nosotros. Somos corresponsables desde que nos abstenemos de debatir, y guardamos silencio acerca del COS y de los temas de la salud mental de los ecuatorianos. Somos corresponsables si nos aislamos en la nube rosada de nuestra consulta o nuestros hospitales, e ignoramos lo que se diga de nosotros en cualquier foro. Somos culpables de no cuestionar la regulación de nuestro ejercicio por parte de quienes ignoran los fundamentos de lo que hacemos. Somos culpables si desestimamos el valor de la palabra y nos acomodamos en el abuso de los fármacos, convirtiendo nuestra clínica en una tecnología del diagnóstico y la receta, y utilizando el DSM-5 como una taxonomía de los seres hablantes. Nos veremos en dos semanas. (O)

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