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Nelsa Curbelo: Inflexión | Columistas | Opinión

Nelsa Curbelo: Inflexión | Columistas | Opinión
Noticias Ecuador

Este país y sus habitantes me sorprenden. Y me entusiasman. En muy poco tiempo se ha logrado desmontar una maquinaria política que había sembrado miedo, sumisión, división y confrontación como mecanismo de gobierno y de comunicación. Y eso teñía las relaciones a todos los niveles: familiares, barriales, organizativas, empresariales, académicas, políticas… E instalaron el miedo a la opinión como sinónimo de buen vivir… Aceptar y aplaudir, aceptar y elogiar, no aceptar y callar era el lema oculto que castigaba con desprecio o con cadenas radiales, televisivas, y a veces con cárcel las tentativas de cuestionamiento a la verdad oficial.

Los gobiernos son reflejo, espejo de los ciudadanos de un país. Los que en él nacieron y los que hemos sido adoptados por él y nos hemos trasplantado en sus tierras generosas. Los gobernantes no son visitantes de otros planetas, no son extraterrestres venidos del espacio, son producto de una sociedad que los engendra, los educa y les permite ser lo que son. Cuando la ciudadanía de a pie, esa que no tiene grandes negocios ni contratos con el Estado, esa que forma el humus que fertiliza todas las actividades, aun de quienes se creen más importantes porque son más visibles y no entienden que el árbol vive de lo que tiene sepultado, cuando esa ciudadanía elige a un gobernante es porque además de sus propuestas, cree en él. Establece con él una relación. No es el gobernante que forma un país, aunque muchos ególatras así lo crean, es la ciudadanía que tiene el gobernante que ella se merece, que la interpreta mayoritariamente y que la lidera.

Por eso es sorprendente cómo en poco tiempo esta sociedad puede expulsar de su entramado social y político a los funcionarios que no le convienen. Porque así como los gobernantes son el espejo que nos refleja también lo son los periodistas, los investigadores, los políticos, todos los que se atreven a enfrentar los poderes hegemónicos y arriesgan su trabajo, su libertad, su tranquilidad en aras de encontrar mejores posibilidades democráticas para todos. Todos los “buena gente” que superan la depresión “posdécada desperdiciada” y empujan a las autoridades, sobre todo al Ejecutivo, a cumplir lo que pregonan.

Así como en nuestras vidas hay puntos de inflexión que marcan un antes y un después, los países también viven esos momentos. América Latina, y Ecuador en especial, parece encontrarse en ese punto de no retorno. Estamos hartos de la corrupción, queremos que lo público sea público, es decir, de todos, sin personajes con apodos confidenciales, códigos cifrados, cuentas secretas que esconden robos camuflados en rutas casi imposibles de detectar.

Hemos salido de la apatía colectiva. El diálogo auspiciado con buenas u ocultas intenciones se ha propagado como aceite en el tejido social y una vez que se recupera la palabra, esta no regresa más de la misma manera, viene fertilizada con el eco de otras palabras oídas, compartidas, comentadas. Son palabras embarazadas, listas para dar frutos y exigir frutos. Los indígenas, como muchas veces, son los primeros en movilizarse masivamente y exigir resultados. Y estos deben ser rápidos, visibles, para poder sostener con ánimo procesos más largos.

Algunas plantas crecen a los pocos días de ser sembradas, otras duermen largo tiempo antes de mostrar sus primeros brotes… ambas son necesarias, pero no hay que confundir haciendo de la espera y la lentitud una realidad para afrontar todos los problemas. Es época de definiciones políticas, sociales, económicas, éticas. (O)

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