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Pablo Guerrero: No me incomoda que una persona haya usado Twitter y no se haya mojado el poncho el 30-S | Política | Noticias

Pablo Guerrero: No me incomoda que una persona haya usado Twitter y no se haya mojado el poncho el 30-S | Política | Noticias
Noticias Ecuador

Quito –

Una vez que prescribió su condena por terrorismo y sabotaje, Pablo Guerrero Martínez regresó al país luego de un exilio de siete años en la República Checa, que le concedió el estatus de asilado político. Fue procesado y sentenciado por su participación en la toma de Ecuador TV por parte de opositores al gobierno de Rafael Correa, durante la insubordinación policial del 30 de septiembre del 2010 (30-S). Ahora trata de retomar su carrera como abogado y activista del liberalismo.

A siete años del 30 de septiembre del 2010, ¿qué significa para usted ese día?
Para mí el 30 de septiembre significó el inicio de una persecusión brutal en mi contra y de mi familia, de mi hermano José Luis Guerrero Martínez. Eso reveló ante la opinión pública el grado de deshumanización del poder ante los disidentes, porque el correísmo lo que hizo fue deshumanizar a las personas. No olvidar que a mí se me dijo que era de extrema derecha y se me acusó de terrorista y saboteador por pedir que se abra la señal a la televisión independiente para que la sociedad pueda estar infomada de lo que sucedió el 30 de septiembre, que obviamente no fue un secuestro al Presidente de la República sino una subordinación policial.

¿Por qué habrían querido perseguirlo?
Porque desde que inició este proceso del castro-chavismo, con algunas personas de conciencia liberal, hicimos campaña contra la Constituyente y para que no se apruebe la Constitución (de Montecristi). En esa época ya decíamos que iba a instalarse el totalitarismo.

¿Y cree que eso fue suficiente como que se sientan perseguidos?
Hay que entender al correísmo dentro de un contexto filosófico-político mayor. Para estos gobiernos totalitarios, fuera de la revolución, nadie se salva. Aquí trataron de instalar un pensamiento único, por eso la Ley Mordaza (Ley de Comunicación). Y, claro, las personas que lo advertimos resultábamos incómodos. A mí me costó siete años de exilio muy doloroso, porque no es que he estado de “euroboy” en Praga (capital de República Checa); estuve refugiado en un centro de asilados.

El 30 de septiembre usted estuvo en la toma y la revuelta en ECTV
No lo calificaría de revuelta; para mí siempre ha sido una “vicisitud libertaria”. El 30 de septiembre cayó un día jueves y con este grupo de personas, de conciencia liberal, solíamos reunirnos ese día para protestar contra la Ley Mordaza. Normalmente, nos reuníamos pocas personas, pero con lo que pasaba en el regimiento llegaron más. Decidimos ir al canal del gobierno para pedir que se abra la señal, pues había una ceguera tenaz. En un discurso, en la noche, me solidaricé con la insubordinación policial y le digo a Correa que renuncie para evitar el reguero de sangre. Luego me dicen que Correa estaba entrando a Carondelet. Ahí supe que las cartas estaban tiradas.

Y empieza su calvario
Sí, mi calvario. Al día siguiente, quien recibe el tsunami del 30 de septiembre no fueron los políticos de carrera o los de los partidos. Dijeron que estuve detrás del golpe de Estado, que era abogado de Lucio Gutiérrez… Se me dictó una orden de prisión como si fuera delito flagrante, 48 horas después, cuando ya no había flagrancia. Entonces tomé la medida de ponerme a buen recaudo. Sin embargo, con la cantidad de propaganda en contra, con helicópteros que pasaban sobre la casa de mis padres, carros policiales en casa de mis tíos, primos… Al principio resistí, pero al final me quebré.

Y se fue 
Un colega me dijo: ‘Pablo, el gobierno está presionando al juez para la instrucción fiscal; tienes dos semanas para salir, si no vas a la cárcel’. Entonces me vi en la necesidad de tomar una decisión: afrontar un juicio injusto, siendo escarnio y chivo expiatorio de la brutalidad del gobierno, o tomar una solución a largo plazo. No tenía garantías al debido proceso, menos aún si me acusan con un decreto de la dictadura de la década del sesenta. Tomé la decisión en dos semanas. ¿Sabe lo que es armar un viaje sin la posibilidad cierta de que regreses, de dejar tres hijos, padres, una carrera, acusado de terrorismo, con una satanización de mi imagen y de mi nombre? Pero decidí salir del país y llegué a Europa en enero del 2012. 

¿Por qué la República Checa?
Recuerde que en ese tiempo la influencia del castro-chavismo era muy fuerte en varios países. Y también porque -aunque parezca paradójico- sabía que la República Checa había vivido el socialismo real y podía entender mi situación, y mi hermano mayor vivía ahí.

¿Fue a un refugio al inicio?
No era una cárcel pero tampoco un hotel 5 estrellas. Las otras personas que pedían asilo político no eran precisamente latinoamericanos, eran bielorrusos, cuando Correa se daba abrazos con el último dictador en Europa, Aleksandr Lukashenko, y acá se estaba creando embajadas en Bielorusia. También había rusos, armenios, iraníes, e iraquíes. No se podía hablar, me comunicaba en inglés. 

¿Qué le dijeron ellos?
Se sorprendieron de que aún haya ideas para coartar la libertad de expresión luego de la caída del Muro del Berlín. Ellos revisaron el proceso y vieron que yo era un perseguido. Luego salí del refugio, con una protección internacional por trece meses. 

¿Y cuándo le dieron el asilo?
Luego de esos meses, me llegó la notificación de la reunión en que me iban a decir si había o no el asilo. Era en el aeropuerto. Yo estaba tenso, ¡era en el aeropuerto! Pero me concedieron el asilo político territorial. Me dieron una visa de refugiado. 

¿Cuántas veces se preguntó allá ‘por qué hice lo que hice’?
No hubo un solo día que no me haya cuestionado existencialmente. Uno está en un lugar que no sabe en qué mismo está. En los siete años allá hice de todo. Ayudé a hacer traducciones legales, di clases de derechos humanos en una universidad, clases de español, trabajé en unas empresas…

¿El peor momento?
Cuando recibí las noticias de que se murieron mis tíos… Y sin poder regresar. Pensaba en mis padres… Fue una gran ansiedad.

Y después de este exilio ¿cree en realidad que  valió la pena?
Por supuesto, porque yo logré entender el proceso de transición del socialismo al capitalismo y al liberalismo. También escribí una novela, que lancé hace dos años en el Instituto Cervantes de Praga.

Pero usted estaba pagando con un exilio, cuando otros quizás se acomodaban o se limitaban a compartir su posición con un tuit.
No me choca eso. Yo soy liberal y el liberalismo respeta la decisión personal de cada uno. Yo no soy hombre de partidos políticos, creo que el hombre debe ejercer sus derechos sin las tutelas de las cúpulas. No me incomoda que una persona haya usado Twitter y no se haya mojado el poncho el 30 de septiembre. Cada uno hace lo que puede.

¿Ahora seguirá siendo político?
Yo no soy un político. Lo que quiero es compartir las ideas de la contemporaneidad liberal y las virtudes occidentales de la civilización liberal que fueron arrasadas por el correísmo: la sociedad civil, la libertad de expresión, la libertad de pensamiento, la libertad de empresa… Soy un activista, sí, pero no me quita el sueño ser candidato o ser parte de un partido. Eso es hablar de política, no ser político. 

¿Tiene expctativas en que el presidente Lenín Moreno realmente marcará un cambio frente a la administración de Rafael Correa?
No. Lo que estamos viendo es un debate entre dos bandos políticos de las izquierdas castro-chavistas que quieren mantenerse en el poder. Obviamente, Moreno es una persona más asequible que el melgarejo que tuvimos durante diez años. Vender el cielo es muy fácil, pero toda utopía conduce a los totalitarismos. Al ecuatoriano hay que hacerle descender a la realidad. Por ahí veo a María Paula Romo, sepulturera de la República, y a Alberto Acosta queriendo poner distancias. ¡Por favor! ¡Yo debatía con ellos, también con Diego Borja, hace diez años y se burlaban con fatal arrogancia de mí! La curuchupería digitalizada de Guillermo Lasso también vive una anacronía terrible. Han secularizado el populismo en Ecuador, que penosamente no tiene élites, tiene trincas. Lo que se necesita inmediatamente es que el Estado se reduzca a un gobierno mínimo y que recuperemos un sistema jurídico donde el individuo tenga más derechos que el Estado y que el Gobierno, sino vamos ser víctimas de todos estos señores que han creado un Estado policial y de propaganda. (I)

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