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Ricardo Vasconcellos: Las carreteras de la muerte y el duelo en la hinchada torera | Columnistas | Deportes

Ricardo Vasconcellos: Las carreteras de la muerte y el duelo en la hinchada torera | Columnistas | Deportes
Noticias Ecuador

Imposible escribir una columna sin expresar nuestro pesar por la tragedia que enlutó el 12 de agosto pasado al fútbol nacional. Doce hinchas de Barcelona, que habían ido a Cuenca a respaldar a su equipo, perecieron en un accidente en esos corredores de la muerte que son las carreteras ecuatorianas. Viajar en vehículo dentro del país es un deporte extremo: siempre lo fue, pero muchos años atrás no se gastaron las fortunas que el gobierno anterior invirtió en los últimos diez años (una vía entre Quito y el aeropuerto de Tababela está considerada la más costosa del mundo).

Todavía las rutas a Cuenca, Machala y Manta, por ejemplo, parecen trochas, a lo que se agrega el escaso control de velocidad, de eficiencia de los conductores y de la condición técnica de los vehículos. En cinco días, desde el 12 de este mes en que se produjo el accidente del bus que conducía a los aficionados de Barcelona, han muerto 40 personas.

Hemos recordado con varios amigos las condiciones en que viajábamos a Quito en la década de los años 60 para ver a Barcelona o a la selección nacional. Eran los tiempos de Flota Santa, Trasandina y Flota Imbabura, cuyos carros no tenían asientos reclinables, ni climatización ni refrigerios a bordo. Doce horas entre Guayaquil y la capital con una breve escala en Latacunga a las 06:00 para servirse un canelazo, atemperar el frío y mirar la helada cumbre del Cotopaxi. Viajábamos hacia la zona andina, en medio de la noche, por la vía Quevedo-Latacunga. Por la zona de La Esperanza o Macuchi estaba el siniestro paso de El Guango, en el que solo cabía un bus cuya carrocería izquierda rozaba la montaña mientras el eje derecho iba a diez centímetros del abismo. Valentía, temeridad, amor al riesgo y gran pericia eran las virtudes de esos choferes a los que a veces sorprendía una espesa neblina en una senda erizada de precipicios.

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Ya en Quito agradecíamos a Dios por su protección para arribar sanos y salvos y poder ver el encuentro del ídolo del Astillero que casi siempre ganaba, pese a hacer el mismo trayecto que nosotros, con el mismo horario y los mismos sobresaltos y cansancio. Casi sin dormir, fatigados, con un desayuno sobrio, se cambiaban en el mismo carro, completaban el masaje en los camerinos del estadio de El Arbolito o en el Olímpico Atahualpa y a la cancha, a vencer. Eran los tiempos de Pablo Ansaldo, Luciano Macías, Alfonso Quijano, Vicente Lecaro, Ruperto Reeves Patterson, Mario Zambrano, Clímaco y Simón Cañarte, Chalo Salcedo, Enrique Cantos, Agustín Álvarez, Miguel Bustamante, Bolita Aguirre, Chanfle Muñoz, Nivaldo, Helinho, Tiriza y otros que llegaron luego con el mismo espíritu de amor a la camiseta y tendencia al sacrificio. Después todo se hizo billete y se torció ese espíritu que hizo grande al Astillero.

En el accidente que costó la vida a doce aficionados hay un contenido que no he escuchado mencionar a nadie. El vehículo contratado no estaba autorizado para hacer viajes interprovinciales; el conductor ya había tenido en el 2018 la pérdida de 18 puntos por infracciones de tránsito; la revisión técnica no había sido hecha en Guayaquil sino en Simón Bolívar, seguramente ‘al ojo’, previamente el ‘encame’ de billetes y nadie controló la legalidad de su rodaje. ¿Cómo pudo salir de Guayaquil, llegar a Cuenca y salir de esta ciudad rompiendo récords de velocidad hasta quedarse sin frenos, según testifican las víctimas. “¿Nadie controló dentro de los numerosos operativos con motivo del feriado que ese bus sin permisos circule y además lo haga con exceso de pasajeros? ¿Por qué se contrató una unidad que no cumplía los requisitos? Al dolor que todos sentimos por el fallecimiento de las personas, debe seguir una investigación seria que no oculte nada de lo que sucedió. No pueden seguir perdiéndose vidas así”, dice una nota de El Mercurio.

En todo esto hay una carga de homicidio culposo, aunque las autoridades de tránsito y la Fiscalía eludan el tema. Responsabilidad penal de los que contrataron el bus sin tomar las precauciones debidas; de las autoridades que estaban llamadas a impedir la salida de un transporte no autorizado, sin revisión técnica suficiente, sin documentación válida y con un conductor que había perdido ya la mitad de sus puntos por manejar a exceso de velocidad.

Y otra imputación: ¿no sabían los dirigentes de la cooperativa Señor de los Milagros que una unidad suya iba a salir a Cuenca sin los permisos necesarios? El problema no se resuelve con el despido de los irresponsables a cargo del control del tránsito, sino con una investigación a fondo (no hasta las últimas consecuencias porque entonces no pasa nada) y con el enjuiciamiento por homicidio culposo y comisión por omisión de todos los que pudiendo impedir la tragedia no lo hicieron.

Y en medio de las sombras, un rayo de alegría. Un grupo de nadadores masters concurrieron al Campeonato Panamericano celebrado en Orlando (EE.UU.), a fines de julio y los primeros días de agosto. Lo hicieron por sus propios medios, empleando sus propios recursos, entrenando en medio de las dificultades creadas por enemigos del deporte infiltrados en la Federación Deportiva del Guayas, comprándose los uniformes, pagando las costosas inscripciones generales y por pruebas.

Y no era una reunión de amigos. El torneo era organizado por la Unión de Natación de las Américas (UANA), organismo regional de América del Norte y Centroamérica, con el aval de la Federación Internacional de Natación (FINA, máximo organismo mundial). La natación de masters es hoy parte de la FINA como lo es la de infantiles, juveniles y adultos. Sus certámenes son de absoluta seriedad.

En ese Panamericano la delegación de Emelec consiguió trece medallas, una de plata y doce de bronce con una delegación que integraron Pepe Pincay, Alejandro Agama, John Salmon, Juan Gómez, Víctor Salcedo y John Musso.

Nadadores, basquetbolistas de ambos sexos, atletas, beisbolistas no pueden usar con libertad los escenarios federativos. Masters masculinos y femeninas ya han ganado torneos internacionales, pero no pueden vencer los obstáculos de Fedeguayas. En la natación la todopoderosa administradora de la entidad exige que cada master lleve un currículum acompañado de fotos, medallas, diplomas y trofeos (algunos empezaron a nadar hace 70 años cuando el mundo era en blanco y negro), constancia de diarios de que el aspirante fue una estrella de su deporte con determinación de fechas, puesto que ocupó y tiempo que hizo y nombre del cronometrista.

A todo esto se agrega el papiro de su partida de nacimiento, la partida de bautizo sacramentada con incienso y una recomendación del papa. No es exageración: es uno de los inventos de la cómicamente llamada ‘Nueva Era’ en Fedeguayas que ha terminado con el deporte en nuestra provincia.

Los masters han sido privados del uso de la oficina que tenían en la piscina Olímpica y hoy tienen que sesionar en la vereda de ese escenario. Algunos se han amoldado, otros nadadores mantenemos la resistencia a inclinar la cabeza ante tanta estupidez. Pero las victorias internacionales están allí como una afrenta para los que quieren acabar con esta actividad.

Doce hinchas de Barcelona, que habían ido a Cuenca a respaldar a su equipo, perecieron en un accidente en esos corredores de la muerte que son las carreteras ecuatorianas.

(O)

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