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Varias versiones reactivan el caso Romo

Varias versiones reactivan el caso Romo
Noticias Ecuador

La casa tiene tres pisos y todos están ocupados por arrendatarios. Pero hace cuatro años y medio, en las dos primeras plantas funcionaba un centro de adicciones en el que ahora se cree fue el último lugar en el que estuvo David Romo.

En Tiwintza, un barrio dentro de Pisulí, en el norte de Quito, los vecinos reconocen con facilidad la casa. Un morador la señala con el dedo y dice que al lugar siempre llega la Policía. La última vez fue hace 16 días. Más de 20 agentes con armas y canes revisaron el inmueble. Una retroexcavadora hizo un agujero de 15 metros de profundidad en un terreno que está junto a la propiedad.

“Buscaban los restos del chico, pero no los encontraron”, cuenta uno de los arrendatarios que reside en esa casa. Vive allí casi tres años y en ese tiempo ha visto otras dos excavaciones. Una se hizo en el patio de la vivienda y otra en una quebrada del bosque que está junto a la propiedad. En las dos, los agentes removieron la tierra y luego la cernieron. “Pero en ninguna hallaron nada”.

Eso también lo repiten los hijos de Carlos L. y Blanca F. dueños de la vivienda, quienes están detenidos desde el 30 de septiembre del 2017, pues son señalados como responsables de la muerte de Romo. El asesinato del joven es la última hipótesis que plantea la Fiscalía y se da por las versiones de tres personas que al parecer lo vieron en la clínica.

Según los testigos, el joven habría sido colgado en un tecle de metal y luego asesinado por Carlos L. en presencia de su esposa. Diego Chimbo, abogado de la pareja, asegura que esas versiones no son nuevas y que la Fiscalía las tiene desde hace más de tres años.

Según esas versiones, en un camal clandestino que funcionaba a un costado de la clínica se habría descuartizado al chico. Ahora ese sitio no existe y en su lugar hay ocho corrales con más de 20 cerdos. Los hijos de Carlos L. cuentan que se dedican a la venta de vísceras en un mercado. Ese negocio lo tienen desde hace 20 años y por eso la casa tiene un olor fétido, el mismo que se describe en otro testimonio en el que se decía que Romo sí estuvo allí.

Es la versión de una vecina de los Carlos y Blanca. Ella aseguró haber visto al joven acompañado de un interno de la clínica de adicciones.

En el barrio nadie conoce a la mujer que dijo eso, pero entrada la noche del jueves, 12 de octubre, en una casa cercana a la clínica ella ratificó que vio a Romo. “Le acompañaba otro chico. No hablaba, solo pasaba sentado, mientras el otro cuidaba a un chacho que tenían”.

Otra persona contó que allí veía a los chicos en las mañanas y tardes. “Salían a correr o jugaban fútbol en el potrero”.

Alexandra Córdova, madre del desaparecido, tuvo acceso a esas versiones hace tres semanas, cuando la Fiscalía le entregó 30 hojas del expediente que fue declarado en reserva por más de dos años. Ahora se pregunta por qué si las autoridades tenían esos datos desde el 2014 no actuaron, sino hasta ahora para decir que su hijo está muerto.

Desde que se perdió el rastro de David, el caso ha pasado por cinco fiscales y hoy ninguno quiere explicar por qué no se actuó antes. Ni siquiera el exfiscal general, Galo Chiriboga: “Yo ya no hago declaraciones. Ya no soy funcionario”.

Para Córdova, la hipótesis de la muerte de su hijo debe ser comprobada y para eso primero se debe esclarecer cómo llegó a la clínica y en dónde está su cuerpo. Eso también pide la defensa de los Carlos y Blanca, quien sostiene que el chico nunca estuvo en ese centro.

Pero las versiones de sus pacientes los contradicen. En una de ellas relata que Carlos L. salió una noche con dos hombres y dijo: “Vamos a capturar a David Romo en la Mitad del Mundo (para llevarlo a la clínica)”.

Según el relato, los tres regresaron a la medianoche en una camioneta blanca. De ese vehículo se habría bajado Romo, con un “pantalón jean sucio y una camiseta blanca sucia”. “David Romo decía Virgencita sácame de aquí. (…) No comía, solo tomaba agua”, se lee en esa versión.

Otra de las declaraciones que la Fiscalía tomó en cuenta para procesar a Carlos L. y su esposa es la de un interno de la cárcel de Latacunga. Él compartió celda con Carlos L. cuando este pagó una pena de dos años por trata de personas. Según el detenido, el dueño de la clínica habría contado que “en su clínica torturaba a los internos y que había encontrado un negocio en el que ganaba el triple, que era desaparecer personas, que era fácil deshacerse de un cadáver porque los quemaba, los cortaba en pedazos y los licuaba”.

Pero el abogado de Carlos L. dice que no hay pruebas que confirmen esa versión.

En el expediente se detalla que los jóvenes eran capturados por Londoño. Incluso, se dice que policías de la UPC de Pisulí llevaban a la clínica a los chicos que hallaban en las calles. Los vecinos de Tiwintza lo recuerdan. Ellos veían cómo los policías llegaban a la casa e ingresaban con el patrullero al patio. La semana pasada, el Ministerio del Interior confirmó que hay una indagación administrativa a los agentes.

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